Imaginarios de una ciudad en la obra de Ernesto Javier Fernández

Acercarse a la obra de Ernesto Javier Fernández (La Habana, 1963) supone aproximarse a la ciudad de La Habana a través del filtro de la subjetividad de un fotógrafo intrépido, quien ha venido construyendo un imaginario en torno a la capital a través de sus ensayos visuales. Su experiencia como fotorreportero y su trabajo para importantes revistas alemanas sin duda contribuyó a entrenar un ojo capaz de captar los instantes más efímeros y algunos de los hechos más relevantes de las últimas décadas de la historia cubana. Con una mirada que nunca se ha podido –ni querido- desprender del todo el sesgo documental Ernesto Javier, no obstante, ha enriquecido este basamento documental a partir de la inclusión de nuevos lenguajes visuales, en la misma medida en que coquetea con el diseño e incluye luces de neón y textos en sus fotografías, las cuales presenta generalmente en blanco y negro.

Dichas características que pueden apreciarse tras un breve recorrido por su producción artística, -a las que podemos sumarle la ampliación del espectro formal a partir de la apropiación/construcción de objetos que vienen a funcionar  como resortes discursivos que rompen las barreras de la fotografía bidimensional para apostar por una dimensión instalativa-, catalizan la vocación postconceptual del artista. De esta forma el creador reafirma con ello su desprendimiento del reportaje tradicional y el descubrimiento de un nuevo tipo de ensayo fotográfico vinculado a la multidisciplinaridad. Todas estas inquietudes se traducen en un alto cúmulo de propuestas que tienen como foco de tensión a su ciudad natal, de la cual no ha podido desprenderse ni aun estando separado temporal y espacialmente de ella. Si bien su estrategia parte de entenderla como un entramado visual del cual necesita documentar sus sucesos más cotidianos y sus espacios más insólitos; ello se convierte en punto de partida para generar reflexiones más profundas, tanto éticas como estéticas. De esta forma Ernesto Javier Fernández ha ido reconfigurando y reescribiendo su ciudad a partir de sus archivos fotográficos que funcionan como memoria histórica y que a su vez deconstruyen conceptos y categorías prefijadas, como las de Historia y Verdad.

El exiliado mira hacia el pasado, lamiéndose las heridas;

el inmigrante mira hacia el futuro, dispuesto a

aprovechar las oportunidades a su alcance.

Isabel Allende

El artista ha venido realizando un arte que va más allá de un enfrentamiento y transcripción superficial de la realidad. Mientras nos invita a recorrer la capital cubana a través de mapas afectivos, mapas de costumbres, cartografías de contingencias, Ernesto Javier nos muestra su Habana contemporánea como un gran texto por el que transitan y se proyectan en su trama visual aspectos de índole histórica, social y cultural. Su versatilidad le ha permitido tomar un fotograma para intervenirlo de disímiles modos, como sucede con las imágenes en las que documentó el éxodo de los balseros cubanos en la década del noventa del pasado siglo. Dichas fotografías pertenecen a esa zona de su producción en la que la configuración de un imaginario de la ciudad de La Habana pasa por un tamiz migratorio, por el velo del desconsuelo y la desesperación. Desde esta perspectiva entiende a su urbe desde el fragmento, la ruptura y los desencuentros ideológicos. El tema migratorio, tan llevado y traído por los artistas cubanos que en los convulsos años noventa decidieron quedarse para hablar desde el inside, fue objeto de preocupación también de Ernesto Javier. Aunque, a diferencia del resto de los creadores de dicha generación, el joven fotógrafo se encargó de ponerle rostro al fenómeno migratorio y a su impacto social. Los protagonistas para entonces fueron los habitantes de la ciudad; mientras que la urbe de Ernesto Javier comenzaba a reducirse y a concentrarse en aquellos espacios asociados a los eventos migratorios, como lo estuvo el malecón habanero y su avenida. El muro, el mar, lo fronterizo, lo limítrofe, atraían su lente para funcionar como metonimias de una ciudad y una sociedad en decadencia. Desde entonces el artista ha vuelto una y otra vez a esta zona de la ciudad para insistir en esa cualidad insular que nos caracteriza, y sobre todo en aquellos conflictos que han vivido los ciudadanos de esta isla que nos aísla.

My life my lie. Caja de madera oxidada, impresión digital y neón , 2011_

My life my lie (2011) Caja de madera oxidada, impresión digital y neón

Piezas como su televisor por donde se transmiten fotogramas que documentan la partida de los balseros, ilustran las dilataciones de una ciudad que va más allá de los mares. La imagen que de ella tienen sus habitantes sale a navegar junto a ellos. Al espectador contemporáneo que aprecia lo acontecido a través de un televisor por el que se transmite la historia más reciente, -a su vez filtrada por la mirada de Ernesto Javier-, solo le resta reconocer una ciudad desde la violencia reflejada en las imágenes de personas que tratan de emigrar a Estados Unidos. Ante la desesperación de malvivir en un contexto signado por el eufemísticamente llamado Período Especial, la migración se convirtió en la solución más radical. No debemos pasar por alto que a partir de las convulsas transformaciones que en el ámbito económico, político y social tuvieron lugar en Cuba tras la caída del campo socialista, muchos creadores comenzaron a escudriñar en la creación de un imaginario de la ciudad de La Habana a partir de la nueva relación que con ella comenzaban a tener. Se empezó a vivir la ciudad desde la ruina, la decadencia, la nostalgia por un pasado mejor, la visión apocalíptica…; de ahí que Ernesto Javier insistiera en representar dicho caos social que tuvo un eminente reflejo citadino.

Las disímiles versiones de sus piezas tituladas Dead End evidencian cómo el artista comenzó a utilizar los resortes del discurso plástico contemporáneo –apropiación, tropologización, etc. – para alterar y generar un nuevo imaginario simbólico en torno a la ciudad. La densidad tropológica del arte cubano de la década del noventa de la pasada centuria conformó un discurso más oblicuo o incisivo en torno a la ciudad. A partir de entonces una sostenida tradición crítica y ética, así como una obstinada vocación conceptual, han configurado las artes visuales cubanas hasta la actualidad. Precisamente con una propuesta artística que se inscribe dentro de estas demarcaciones dicho creador cubano ha venido desarrollando una carrera artística donde aquellos altibajos que se dan en el cuerpo mismo de la ciudad y la arquitectura, devienen punto de interés.

Jugar con los diferentes niveles de información que puede ofrecer una obra ha sido una de las estrategias de Ernesto Javier para estimular desde el significante, los significados; y a la vez otorgarle un carácter objetual a sus fotografías. Como un gran metatexto funcionan piezas como Dead End (1994 -2007), Gone (2012), Ideas (2007), My life, my lie (2011), Me neither, me either! (1994 – 2012), Watch your steps! (1994 – 2016) y Sugar free (1994 – 2016); las cuales guardan en común el hecho de ser fotografías con dichas frases colocadas respectivamente en luces de neón. El juego textual y visual alcanzan tal complementación que se enriquecen mutuamente, surgiendo un matiz irónico a raíz de las letras parpadeantes que permiten lo mismo leer Gone que One, My life que My lie, o Ideas que Idas. Nada resulta fortuito en dicha intermitencia, siempre hay un doble sentido tras cada parpadeo de luz que deja ver esa segunda lectura que describe la realidad acontecida.

Gone (2012) 80 x 120 cm, caja de luz, impresión digital y neón

Gone (2012) 80 x 120 cm, caja de luz, impresión digital y neón

En Gone (2012), una fotografía de un grupo de balseros entre los que se encuentran hombres jóvenes y hasta un niño, aparece La Habana solo desde su condición insular, desde sus aguas territoriales por donde se produce la partida. Los protagonistas de manera dramática montados en una rústica balsa se desprenden de su urbe, y entre todos ellos posiblemente sobreviva solo One, como sugiere Ernesto Javier y como así muchas veces lo demostraron los hechos. Ahora están más próximos a ver su ciudad desde la otra orilla, con una visión permeada entonces por la tristeza y los primeros síntomas de nostalgia.  Asimismo, en Tablas (1994 – 2010) aparece el protagonista de la pieza Dead End (1994 -2007) en su balsa, quien sale a la aventura ya signado por la muerte como final de la travesía. En esta ocasión el artista coloca encima de la imagen, también con luces de neón, el conocido “juego del ahorcado”, donde el jugador se queda sin salida ante semejante reto, igual destino que el que sufre el protagonista de su fotografía. También en otra de sus versiones, específicamente en Dead End II (2009) juega con el mismo referente fotográfico para esta vez recolocarlo en una nueva propuesta. Porque a Ernesto Javier no le importa reutilizar sus imágenes, por el contrario, en cada soporte que las coloca adquieren nuevos significados. Por ello ahora reinserta al protagonista de Dead End con su balsa, pendiendo de un anzuelo, suspendido en medio de un mar tormentoso que baña a La Habana. En esta ocasión una ciudad en blanco y negro describe una imagen tenebrosa de la urbe, acechada por el mar. Siempre aparece La Habana desde la mirada del emigrante, quien va generando un imaginario muy particular sobre la urbe que abandona.

No debemos perder de vista que estas son obras producidas recientemente, pero que parten de archivos fotográficos que el artista no pudo exhibir en su momento. Por lo que con dichas piezas nos permite releer la historia desde el presente y comprender, para quienes no la vivimos, la tragedia que la migración supuso y las alteraciones que produjo en el imaginario que sobre esa zona de la ciudad hasta hoy perdura, asociada a la pérdida y a la fractura.  Precisamente a partir de su visión desde el presente es que inserta esos apuntes textuales que hacen que su obra rebase lo documental para apostar por una vocación postconceptual. Incluso su juego con las imágenes del pasado y del presente, debido al tratamiento formal de ambas en blanco y negro, genera una difusa distinción. Ello puede corroborarse en otra de sus obras en la que vuelve sobre el tema de la ciudad desde la migración, pero ahora combinando imágenes del pasado y del presente, para darle una continuidad histórica tanto al tema, como a la manera en que ha permeado nuestra imagen de la ciudad. Su pieza S/T, parte de la serie Todos mis vecinos (2016), a manera de fotografía instalativa -colocada en tubos de pvc-, en un extremo muestra una imagen de los balseros en los años noventa, y en el otro a un individuo contemporáneo caminando por la ciudad. De esta manera todos, los de ayer y los de hoy, viven la ciudad desde la misma perspectiva, persiguiendo los mismos objetivos. La imagen que de ella mantienen es la del espacio de la negación.

Al poder le ocurre como al nogal, no deja crecer nada bajo su sombra.

Antonio Gala

Como se ha dicho, la densidad tropológica del arte cubano de la década del noventa de la pasada centuria generó un discurso más oblicuo o incisivo en torno a la ciudad. Precisamente Ernesto Javier Fernández ha materializado en sus piezas, también desde un discurso tanto ético como estético, una serie de interrogantes de índole política y social que tienen su reflejo más inmediato en el entramado urbano. El dispositivo que ha marcado su obra ha sido precisamente la ciudad y sus calles, por las cuales ha transitado a modo de flâneur posrevolucionario, como manera de entender la práctica discursiva, y también la investigación.

Sugar free. Caja de madera oxidada, impresión digital y neón. 120 cm x 80 cm. 1994 - 2016

Sugar free. Caja de madera oxidada, impresión digital y neón. 120 cm x 80 cm. 1994 – 2016

Las huellas de lo político en el tejido urbano de la capital cubana ha estimulado al artista a configurar un imaginario de la ciudad permeado por la simbología política que la distingue. Para ello ha optado por alterar uno de los signos visuales que ha distinguido a la relación de Cuba con Estados Unidos. En varias de sus obras utiliza como referente las banderas negras que durante mucho tiempo estuvieron colocadas en los mástiles que se encontraban frente a la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba. Como si la ciudad entera estuviera sumergida en el histórico conflicto político y por este diagramada, La Habana de Ernesto Javier se circunscribe lo mismo a dicha serie de banderas en blanco y negro envueltas en una tela de araña, como se aprecia en su pieza Red (2009); que queda atrapada en un “cuento de hadas”, como sucede en la obra Once upon a time… (2007). En esta última el poder de la palabra escrita -dispuesta en luces de neón- le otorga una nueva dimensión simbólica al referente de la bandera, en la misma medida en que produce cruces entre la política, la historia y la sociedad. Había una vez…, frase con la que comúnmente comienzan las historias de famosos cuentos, en tanto recolocada en este nuevo contexto dinamita una serie de reflexiones en torno a una ciudad y sociedad que la habita, marcada por el fin de la utopía. Esta pieza nos remite a una historia dormida, anquilosada, edulcorada como si fuese parte de un cuento de hadas; pero que realmente ha sido manipulada por quienes la cuentan, haciendo que los límites entre Historia y Verdad sean cada vez más evidentes. Se mira la historia más reciente como si fuese agua pasada, cuando en realidad ha sido una gran construcción que ha permeado todas las esferas de la vida de una sociedad durante varias generaciones.

Mapear la ciudad a partir de su comprensión como una extensión o proyección de la situación política y económica de un país ha hecho que Ernesto Javier insista en sus íconos arquitectónicos, en especial en la escultura monumentaria representativa del poder estatal. Así quedó evidenciado no solo en su exposición personal Done (2009) -donde recurrió a las citadas banderas en varias de sus piezas, desgastando el símbolo y resignificándolo-; sino también en sus fotografías donde toma como motivo central el Monumento a José Martí, ubicado en la Plaza de la Revolución capitalina. Son piezas como That´s me in the corner (2007) e Historia, Histeria (2013), donde el símbolo de la conocida “raspadura” se convierte en objeto de atención. En el caso de Historia, Histeria la ciudad se reduce a su antiguo centro cívico, donde acontecen los eventos sociales y políticos más importantes del país y donde radican los órganos del gobierno. Por lo tanto el artista, a sabiendas de la connotación política que posee el espacio citado, utiliza la cualidad instantánea que le ofrece la fotografía –en este caso para documentar una escena de lo que pudiera ser la Marcha por el Primero de Mayo-, y le agrega un componente conceptual a través de la frase que le da título a la pieza, en luces de neón. El juego de significados que supone trastocar la historia con la histeria está de más decir que no resulta para nada casuístico; más bien cierta dosis de cinismo se esconde tras la sugerencia que ello implica; lo cual queda reforzado en That´s me in the corner.  En esta ocasión vuelve a aparecer el citado monumento, esta vez rodeado de aves como si fuese un animal en estado de descomposición y presto a ser devorado por los depredadores. Por qué no una metáfora del estado actual de las cosas, lo cual puede afirmarse si además sabemos que la frase fue tomada  del disco Out of time, del grupo de rock & roll inglés REM, cuya letra está compuesta con aires programáticos o de himno.

Habana XI (2014) Marcos de diapositivas 6 x 6, impresión digital en backlight, 2014. Dimensiones variables

Habana XI (2014) Marcos de diapositivas 6 x 6, impresión digital en backlight. Dimensiones variables.

Difuminar los límites espaciales y temporales de una ciudad a su vez debe generar una ruptura en el orden visual, lo cual responde a un cambio natural de la imagen de la urbe. Sin embargo, lejos de este comportamiento, La Habana de Ernesto Javier en su obra Habana XI (2014) guarda una alarmante homogeneidad visual. Ello se traduce en una serie de pequeños fotogramas de la ciudad, algunos pertenecientes al pasado y otros al presente –aunque todos han sido trabajados en sepia-; donde sin embargo apenas puede clasificarse cada uno de ellos para ubicarlos en un eje temporal determinado. Esta intemporalidad es precisamente la que pretende acentuar el artista, enfatizando en la inmovilidad, en el estancamiento en que se ha mantenido la ciudad, en la cual se vive en un eterno presente marcado por sus inmuebles en ruinas, su gente en su andar cotidiano, su malecón, su Capitolio y una vez más su mar. La Habana que nos presenta es la de ayer, la de hoy y la de mañana; su imagen y en consecuencia el imaginario que de ella tienen sus habitantes es la de una urbe detenida en el tiempo. De ahí que una pieza que pudiera ser una total esquizofrenia visual –en tanto mezcla imágenes de una misma ciudad pero pertenecientes a diferentes fechas-, termine en una monótona y gran fotografía que sin dudas describe un panorama donde prima la demoledora acción del paso de la historia oficial sobre el hombre y del hombre sobre la huella histórica. No podemos dejar de analizar esa otra lectura que ofrece la obra, que sugiere el uso de una ciudad también como acontecimiento artístico concebido para el turismo, en tanto vive tras la lógica del eterno presente, un tiempo que no remite directamente a ese pasado glorioso, sino que habla de otro estado de cosas. Ante la relación conflictiva que se puede tener con el estancamiento de la ciudad y con las miradas que esta puede suscitar, la visualidad de una Habana vintage corresponde a una activación de la memoria que responde tanto a intereses locales como globales. Esta urbe ya no parece transmitir la promesa de un presente y/o futuro mejor; por el contrario, insiste en la poca nostálgica conciencia de la transitoriedad de la grandeza y el poder.

Precisamente asociada a la idea de cómo se ha ido configurando la ciudad de La Habana a partir de las relaciones de poder, su serie Who wrote my life? (2013) es sintomática de lo anteriormente expresado. En el caso de la obra S/T (2013) nos enfrentamos a una pieza de fuerte basamento conceptual; en tanto el artista utiliza el entramado urbano como referente para anclar su discurso a un contexto muy particular -una fotografía de la Avenida Malecón-, a la cual le inserta un  semáforo con todas sus luces encendidas. La cuestión radica en la asociación que el creador realiza entre los colores del semáforo –internacionalmente codificados- y las imágenes que a cada una de ellos incorpora. La luz verde está anclada a la imagen del balsero de su obra Dead End (1994 -2007),          -otorgándole vía libre a la lucha por la emancipación y a la defensa de las ideologías personales-; el amarillo está asociado a la fotografía de la “raspadura” y una bandera cubana –poniendo a dichos símbolos políticos en jaque mate, en intermitencia, en la espera del cambio más eminente-; mientras que en el color rojo se encuentra inscrito el símbolo de la otra ciudad, de “la enemiga”. La Estatua de la Libertad de New York aparece entonces asociada al color rojo del semáforo. De esta forma la ciudad de Ernesto Javier funciona como receptáculo de todas aquellas alteraciones que acontecen en el orden social; de ahí que su postura parta desde el humor, la crítica, la ironía, la metáfora, la nostalgia, para proponernos nuevos axiomas que se rearticulen también pasando por el deseo y el absurdo.

ST, de la Serie Who wrote my life (2013)

ST, de la Serie Who wrote my life (2013)

La humanidad no está en ruinas, está en obras. Pertenece aún a la historia.

Una historia con frecuencia trágica, siempre desigual,

pero irremediablemente común.

Marc Augé

Los imaginarios de la ciudad suelen entrecruzarse y a su vez retroalimentarse, de forma tal que entre todos complejizan la percepción que se tiene de la urbe y los fenómenos que por ella transitan. Actualmente una de las problemáticas más alarmantes que se pone de manifiesto en el cuerpo mismo de la ciudad habanera es su estado de deterioro generalizado, lo cual ha venido preocupando a no pocos creadores cubanos, entre los que se encuentra Carlos Garaicoa, lista a la que también podemos sumar a Ernesto Javier Fernández. Dicho fotógrafo, en la misma medida en ha ido mapeando La Habana, ha ido registrando sus ruinas en imágenes que trascienden sus secuelas en el plano físico y van penetrando y configurando los imaginarios sociales. Las calles de La Habana se han vuelto un laboratorio para Ernesto Javier, pues desde los signos visuales de la ruina y como territorio del desgaste devienen punto de partida para comprender dichos paisajes desoladores a veces como el fin, a veces como el principio de una nueva ficción, de una nueva realidad.

Cercana a la mirada de Antonio José Ponte, en la misma medida en que toma a la ruina como alegoría de la nación y en que comienza a revisitar el asunto ya no desde el pasado, sino desde las ruinas del presente; Ernesto Javier explota las disímiles reflexiones que pueden emanar de una ciudad contemporánea, pudiéramos decir,  en “estado de descomposición”. El imaginario de La Habana no puede escapar del filtro de la ruina y la decadencia, en tanto estas últimas se han convertido en el escenario cotidiano por donde transitan sus habitantes; quienes se debaten entre una posición reaccionaria ante el asunto, y otra actitud evasiva como mecanismo autodefensivo que pone de relieve también una cínica adaptabilidad. Quienes asumen esta última posición pasan por alto la envergadura de la situación actual de la capital cubana, sobre todo de sus zonas más antiguas, -dígase Habana Vieja, Centro Habana, Cerro-; aunque también de barrios más “residenciales” como el Vedado. El artista lejos de asumir semejante postura penetra cada vez más punzantemente en la realidad que lo circunda, de ahí que aluda a la contaminación del germen de la ruina y su expansión por toda la ciudad hasta a aquellos espacios concebidos en sus orígenes como áreas más residenciales, tal cual se corrobora en su pieza I love Vedado (2006). Desde el lenguaje del diseño, apunta aquellas preocupaciones que emanan de un individuo que advierte la ruina como un tatuaje inscrito en la ciudad, resultante de un orden político en decadencia.

No puede negarse que por más que la industria turística oficial cubana se haya enfocado en los monumentos restaurados de la Habana Vieja –lo cual no excluye una complicidad con la estética ruinosa de la ciudad–, dicha urbe continúa atrayendo la mirada foránea desde una concepción romántica de las ruinas. Sin embargo, el artista no se detiene en el espectáculo de las ruinas destinadas al consumo turístico, embellecidas por estrategias de restauración y preservación museificante. Prefiere aquellas ruinas auténticas de las que nos habla el teórico alemán Andreas Huyssen[1], esas que parecen regresar a la naturaleza, aunque paradójicamente también atraen la mirada del espectador foráneo. En su serie Heavy (2016) aparecen los espacios ruinosos en imágenes insertas en tubos de pvc que simulan salidas de agua, utilizadas por el cuerpo de bomberos. Explorar en disímiles soportes formales se ha constituido en elemento que caracteriza la producción artística de Ernesto Javier. Entre ellos sus tubos de pvc que simulan tuberías se han convertido en leitmotiv de sus obras, aunque ciertamente el artista siempre se ha movido por disímiles registros formales. En esta ocasión sus cañerías albergan imágenes de una ciudad que parece haber sucumbido ante un bombardeo histórico, donde las ruinas físicas del pasado van desdibujando toda urbanización y van convirtiendo a la capital cubana en una ciudad fantasmal, en la que solo ella sobrevive como vestigio, ahora convertido en fósil.

Serie Heavy 2016

De la serie Heavy (2016)

Se hace evidente en estas propuestas que Ernesto Javier no se interesa por la ruina en el mismo modo en que lo hicieron los aficionados a dicho tema en el siglo XVIII; quienes, como apunta Marc Augé[2], jugaban por melancolía o hedonismo con la idea del tiempo que pasa. Ahora el artista contemporáneo la utiliza para representar el presente e imaginar el futuro. Ello se pone de manifiesto en su pieza Wash your hands (2007), la cual resulta particularmente idónea para cerrar este análisis del imaginario de la ciudad de La Habana en la obra de Ernesto Javier Fernández, en tanto aúna esos tres imaginarios que han sido sometido a análisis. En Wash your hands la ruina física como estado actual de las cosas, el espacio de la migración -el mar, la costa- como proyección futura y la política como contexto desencadenante de todos estos procesos, diagraman una ciudad en la que sus habitantes, -en este caso una joven pareja sentada a la orilla del mar que deja atrás las ruinas de una arquitectura revolucionaria- simplemente sobreviven a la par de la marea. Una vez más el fotógrafo acude con un marcado espíritu crítico al poder de la palabra escrita, esta vez para insertar en luces de neón la frase que da por título a la pieza. La espectacularidad de dicho recurso publicitario contrasta francamente con el panorama desolador que se aprecia en la imagen. Quienes se lavan sus manos con la realidad más cruda del contexto cubano, por otra parte disfrutan de las ventajas que supone estar en el lado de quienes ejercen el poder. En dicha fotografía aparecen las ruinas del presente -las ruinas físicas de una arquitectura gestada en el período revolucionario y que ha caído a la par de sus ideales-, junto a las ruinas sociales de quienes habitan la ciudad. Porque sin dudas la ruina más allá de su dimensión física tiene secuelas en el orden social; además de referirse a la mera depauperación de un edificio funciona como espejo simbólico o metáfora de lo social. Como figura reveladora de poder alegórico singular, no solo viene a hablarnos del desgaste del pasado, sino también del oscuro porvenir. De ahí que la ciudad de Ernesto Javier Fernández se reduzca cada vez más a la nada, se contraiga hasta sus límites, hasta el punto que empujar a sus habitantes hacia sus demarcaciones, justo donde se define la diatriba entre permanecer en el inside o apostar por el outside.

Wash your hands. Impresión digital, caja de luz y neón (2007)_

Wash your hands (2007). Impresión digital, caja de luz y neón

La ciudad de La Habana, su arquitectura y ambientes le han servido al artista como pre-texto para mantener un discurso fiel al interés por los cambios sociales, económicos y políticos derivados de la historia de los siglos XX y XXI, que se codifican en el territorio de la ciudad como campo de estudio. Su múltiple y diverso imaginario en torno a la ciudad de La Habana nos permite apreciar cómo la historia construida por unos pocos hombres ha funcionado como ejercicio de poder que ha aniquilado al hombre común. La lucha perenne por mantener ciertos “ideales comunes” ha dejado en ruinas a una ciudad y una sociedad.  Ante semejante panorama no le queda otra opción al artista que comprobar la traducción de dichas transformaciones sociales en el trazado urbano, el cual viene a funcionar como escenario de la tragedia y la comedia humana.

[1] Huyssen, Andreas: “La nostalgia de las ruinas”, en Huyssen, Andreas: Modernismo después de la Posmodernidad, Gedisa: Barcelona, 2011, pp.47-62.

[2] Augé, Marc: El tiempo en ruinas. Gedisa: Barcelona, 2003.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s